HUMOR Y ESPIRITUALIDAD

HUMOR Y ESPIRITUALIDAD

Por Julio Rivas-Pita

Una de las mejores señales para determinar la autenticidad de la experiencia espiritual
en una persona es su sentido del humor (o la carencia del mismo).

La capacidad de reirse --especialmente de sí mismo-- nos indica que tal persona ha logrado
desprenderse, en alguna medida, de las cadenas de lo que el desaparecido pensador Sufí
Idries Shah llamaba ''el Yo Dominante'' (nafs-i-ammara, en la terminología técnica sufí).

Por el contrario, el tomarnos excesivamente en serio, el ser incapaces de ver lo absurdo y
muchas veces risible en nuestro comportamiento y actitudes, señala que todavía nos queda
mucho trabajo por hacer.

En la mayoría de los contextos socio-culturales de Occidente (y en muchas partes de Oriente
también) hay bien establecido un patrón de condicionamiento según el cual el ''buscador
espiritual''
o el místico deben tener, entre sus características, la de exhibir una cara larga,
sin duda evidencia de la profundidad de sus experiencias metafísicas.

Los santos se nos muestran la mayoría de las veces así, con expresión de gran sufrimiento.
Cuanto más grave la mueca de dolor, mayor santidad, sin duda alguna.

En realidad, lo contrario suele ser lo cierto.

El que ha logrado, aunque sea en pequeña medida, desembarazarse de la pesada carga
del ego, se sentirá por ello más libre, más ligero, y participará en mayor medida de ese gozo
que traen la libertad y la frescura de una mirada que ve con cariño las debilidades humanas,
y que sabe reirse de ellas --muy especialmente cuando las encuentra en sí mismo. A mayor
capacidad de reirse, menor influencia del narcisismo que todos padecemos en mayor o menor
medida.

El humor ejerce también una función instrumental en el camino espiritual. Hay experiencias
que serían imposibles sin él, como lo muestra este chiste:

  Un buscador de la verdad se ha perdido en el desierto y está a punto de morirse de sed.
  De repente, ve a lo lejos una especie de tienda, y apresura el paso, muy contento. Cuando
  llega, le pide al dependiente que le venda una botella de agua.
  ''Lo siento, pero agua no vendo'', le dice éste. ''Lo que sí puedo venderle es una corbata,
  a muy buen precio...''
  ''¿Para qué querría yo una corbata?'', le responde indignado el buscador. ''¿Acaso no ve que
  me estoy muriendo de sed?''
  ''Mire, lo siento, agua no puedo venderle, pero aproveche, porque las corbatas las tengo
  a precio de ganga'', le responde el dependiente.
  Con un gesto de contrariedad, el buscador se aleja y sigue caminando bajo el sol
  del desierto, cada vez más sediento, hasta que, a lo lejos, divisa otra tienda y, de nuevo,
  apresura el paso.
  Esta vez se encuentra, afortunadamente, no con una tienda sino con un hermoso
  restaurant, donde sin duda alguna podrá beber agua a su antojo.
  Ya se dispone a atravesar la puerta cuando un portero le pregunta:
   '''¿Qué desea, señor?''
   ''Voy a tomarme algo de beber''.
   ''Pues lo siento mucho, pero aquí no se puede entrar sin corbata...''

Sólo tenemos que cambiar ''corbata'' por ''sentido del humor''. Lo que a primera vista puede
parecer algo superfluo o irrelevante, muy bien puede que no lo sea más adelante, cuando se
revele como una condición imprescindible para tener acceso a ciertas experiencias o
aprendizajes (''tomar un vaso de agua'').

Entre los autores que sistemáticamente han hecho énfasis en la relación entre humor y
espiritualidad, y en el papel instrumental del humor para preparar a la mente a percibir
nuevas dimensiones de significado, hay que destacar al ya citado Idries Shah, autor de
''Los Sufis'', ''Cuentos de los Derviches'' y una genial trilogía sobre el tonto-sabio Nasrudin,
un personaje popular en Medio Oriente que durante siglos ha sido utilizado para
transmitir patrones de percepción más allá de lo ordinario, empleando para ello el humor.



Article ajouté le 2009-03-09 , consulté 188 fois

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